viernes, 15 de abril de 2016

La falacia del Contrato Social


Los miembros de una comunidad política sólo aceptan el cambio o el mantenimiento de una Constitución en términos de utilidad para evitar un mal peor.


a) El dilema del prisionero

Santiago y Juan, arrestados por haber cometido un delito de robo, están retenidos en celdas separadas de manera que no pueden comunicarse entre ellos. Para el delito de robo se fija una condena a 8 años de cárcel, salvo que los autores confiesen, en cuyo caso la pena se rebaja a la mitad (4 años de cárcel).

El fiscal, no dispone de pruebas suficientes para acusar a los ladrones por robo, pero sí para condenarlos por el delito de hurto, cuya pena es de 2 años de cárcel. Por esta razón se dirige a Santiago proponiéndole el siguiente acuerdo: “Si confiesas el delito de robo que habéis cometido ambos y nos ayudas a desarticular la banda de malhechores a la que pertenecéis, no formulo acusación contra ti y así quedas libre”. Acto seguido se dirige a la celda de Juan y le propone el mismo acuerdo.

Santiago, haciendo cálculos llega a las conclusiones siguientes:

  • Primera. La cuestión es confesar o no confesar.
  • Segunda. Si confieso quedo libre a costa de Juan que se va a pasar 8 años en la cárcel, a no ser que él también confiese, en cuyo caso vamos a estar los dos 4 años en la cárcel.
  • Tercera. Si no confieso y confiesa Juan, él queda libre y yo me tiro 8 años en prisión, salvo que Juan tampoco confiese, en cuyo caso ambos pasaríamos 2 años en prisión.
  • Cuarta. No puedo llegar a ningún acuerdo con Juan para no confesar ninguno de los dos, pero, aun pudiendo hacerlo, ¿por qué habría de fiarme de la palabra de Juan cuando él confesando puede quedar libre a mi costa? Es demasiado arriesgado no confesar, porque la diferencia va de 4 a 8 años.
  • Quinta. Confesaré.

Juan, por su parte, en su celda, también hace sus cálculos y llega a las mismas conclusiones.

Finalmente ambos deciden confesar el delito no optando por la mejor solución para ambos (no confesar, y así estar ambos solo 2 años en la cárcel).

b) El dilema del prisionero aplicado al tirano y a los súbditos

Si me someto al tirano o me hago miembro del partido totalitario pasaré a ser como un vasallo del rey con muchos privilegios a costa de perder mi libertad de conciencia, pues tendré que obedecer sin rechistar todas las órdenes de mis superiores por inmorales y atroces que me parezcan.

Pero si todo el mundo se somete al tirano haciéndose vasallos de él, no tendré a quien esclavizar. El único consuelo es que las apetencias más aberrantes del tirano serán soportadas por todo el pueblo y la probabilidad de ser víctima de ellas será menor.

Lo mejor sería que ninguno nos sometiésemos al tirano, pero no dispongo de poder alguno para coordinar la acción que nos permita derribarlo. Y, aun así, ¿quién me asegura que los que luchamos por la libertad no seamos traicionados por algunos arribistas y suframos con ensañamiento las iras del Leviatán?

c) Utilidad de lo anteriormente expuesto

Como la obediencia al poder político no tiene otra justificación que la utilidad de no desobedecer  para evitar un mal peor, sea éste la anarquía de la ley del más fuerte o la pena que haya que sufrir por el desacato; sólo aspiramos a que dicho poder no se vuelva tiránico y sirva para garantizar nuestra libertad personal.

Eso se hace estableciendo una serie de garantías y cauciones que el dirigente se vea forzado a aceptar en términos de no querer él sufrir un mal peor: someter al político al mismo dilema del prisionero que él nos somete. Es decir, rebajar al dirigente a la condición de ciudadano apoderado.  Una herramienta útil es la promulgación de una Constitución como norma suprema que lo establezca de esta manera.

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